martes, 18 de marzo de 2014

Quizá la solución está en la puerta...



    Para que un sistema sanitario sea sostenible es esencial que exista el compromiso político de financiarlo de forma solidaria y de basarlo en la equidad. También es conveniente mejorar su desempeño desde el punto de vista de la provisión de servicios de calidad y coste-efectivos adaptados a las necesidades de la población. O al menos esta visión es la que queremos transmitir. La sostenibilidad financiera no es la única dimensión posible. La bondad en el desempeño no es otra cosa que procurar que los servicios vayan encaminados a mejorar la relación entre la cantidad y la calidad de vida ganada por la población (resultados en salud) y los recursos utilizados para ello. Es importante cuestionarse, tanto desde el ámbito macro como desde el ámbito micro, si los inputs invertidos realmente valen lo que cuestan, si lo que estamos haciendo se aproxima a lo que realmente podemos hacer, y si todo ello lo estamos distribuyendo del modo más equitativo posible. 

    La tendencia general es potenciar el nivel hospitalario y altamente especializado, pues se correlaciona erróneamente la calidad asistencial con la resolución de los problemas de salud mediante tecnología punta. Se asocia la atención a enfermedades concretas de alta complejidad biológica a excelencia profesional, cuando las necesidades de la población son de otra índole (aunque tampoco sean sencillas). Hay evidencias que apoyan la superioridad en eficiencia y en equidad de los sistemas sanitarios que se sustentan sobre una Atención Primaria (AP) fuerte, sin embargo esta perspectiva no está generalizada y la realidad es que la distribución de la salud es desigual en el mundo. Un modelo adecuado para solucionar esto sería un Sistema Nacional de Salud (SNS) centrado en una AP de calidad y con fundamento científico que actúe como puerta de entrada al sistema, que distribuya de forma equitativa y eficiente los recursos sanitarios, y que se ocupe de los problemas prevalentes de la comunidad en la que se encuentra integrada. La AP debe ser, además, la que coordine todo el proceso de salud de los individuos, la que los acompañe a lo largo de su vida y supervise su paso por los diferentes estratos del sistema. Para ello requiere de una colaboración efectiva y honesta de la atención hospitalaria y especializada, así como de profesionales bien formados que trabajen dentro de un equipo multidisciplinar (tantas disciplinas diferentes como sean necesarias en la comunidad) capaz de resolver problemas biológicos, psicológicos y sociales. Los valores fundamentales de la AP son la accesibilidad, la longitudinalidad, la coordinación y la integralidad. 

   Esta definición implica que la AP es la catalizadora de los intereses de los pueblos en cuestión de salud y por ello es imprescindible su participación en la planificación de las estrategias. De ahí la necesidad de que exista un pacto social acompañado de un buen gobierno para que este tipo de sistema fluya. El modelo se sustenta en la solidaridad de toda la sociedad y se orienta a la atención de los más necesitados. Es capaz de combatir la ley de cuidados inversos y actúa desde una perspectiva de justicia social. Hay mucho camino aún por recorrer y muchas fórmulas independientes de las instituciones que surgen desde la comunidad, pero para empezar debemos abrir la puerta, porque ahí, precisamente, puede estar la clave para reinventar nuestro sistema y conseguir verdaderos resultados en salud.


Patricia Ferre
@la_pafecu



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